Los
dibujos de Felipe Cortés son un asunto por resolver. Se mueven
sorpresivamente entre la resolución del dibujo torpe y cómico
de un adolescente y el refinamiento del dibujo académico,
están a medio camino entre el miedo y la tristeza y entre
la apología a lo espiritual y la presencia descarnada de
lo material.
En ellos se reproducen
imágenes que parecen en principio anacrónicas pero
que lentamente van hablando a la memoria visual de una generación
que veía con curiosidad y risa los recuadros al final de
una revista, en donde hoy en día están los anuncios
de cirugía plástica, que publicitaban cursos por
correspondencia y lecturas del tarot. Pertenecen a una colección
de imágenes específicas, aquellas del espiritismo
popular al que perteneciera Regina Once y las pócimas y
conjuros del Pasaje Hernández o el Pasaje Rivas en el centro
de Bogotá. Es algo que puede ser veraz de acuerdo al grado
de sugestión y una estafa al mismo tiempo. En este sentido
el artista vive constantemente en un movimiento pendular entre
el creer y evidenciar lo absurdo de la creencia.